Estudios sobre ASI: Dolor abdominal

Cuando a un niño o niña le duele la tripa de forma file0001527321384frecuente sin una causa que lo provoque puede que su cuerpo se esté ‘quejando’ de otro tipo de sufrimiento, el que ocasionan los malos tratos, de acuerdo a un estudio dirigido por Miranda van Tilburg, de la Universidad de Carolina del Norte (EE.UU.).

Su investigación se basó en los cinco ‘Estudios Longitudinales de los Niños que han sufrido Malos Tratos o Negligencia’, realizados con 1.354 menores víctimas de distintos niveles de abusos físicos, psíquicos o sexuales o con alto riesgo de padecerlos, centrándose en 845 niños que tenían dolores abdominales, a los que hicieron un seguimiento desde los dos hasta los 12 años de edad.

“Entre un tercio y la mitad de los pacientes adultos que acuden a consulta de gastroenterología tiene una historia de abusos”, han comentado los autores de la investigación en ‘Annals of Family Medicine’, en 2010.

Según la doctora Tilburg hay “una conexión cerebro-intestino por la que el dolor influye en el estrés y éste causa dolor, y los malos tratos son muy estresantes”.

Sus datos revelan que “los niños que han sufrido abusos tienen un elevado riesgo de sufrir síntomas gastrointestinales comparados con los que no fueron abusados” y que “el abuso sexual y los dolores de vientre son más comunes en las niñas que en los niños”.

Estudios sobre ASI: Depresión

_DSC8073Las personas que han sufrido maltrato en la niñez –como el rechazo por parte de la madre, el maltrato físico o un abuso sexual- son dos veces más propensas a desarrollar episodios de depresión múltiples y de larga duración que aquellas que han vivido infancias normales, según un estudio del King’s College de Londres (Reino Unido) publicado en ‘American Journal of Psychiatry’, en 2011.

El equipo de investigación realizó un análisis combinado de 26 estudios que incluían a más de 23.000 personas, concluyendo que los médicos que tratan personas con depresión deberían indagar en la infancia de sus pacientes antes de realizar una prescripción, ya que un antecedente de abuso infantil tiene gran impacto en su enfermedad y capacidad de recuperación.

Según el estudio, quienes han vivido infancias estresantes o con abusos son menos propensas a que la medicación o la psicoterapia les hagan efecto, por lo que habría que buscar nuevas formas de tratamiento e intervención temprana.

Alrededor de uno de cada 10 niños está expuesto a maltrato en el mundo, incluyendo el abuso psicológico, físico o sexual y como resultado de ello, pueden surgir anormalidades en zonas biológicas más sensibles al estrés, como el cerebro y el sistema inmune, ha explicado la investigadora Andrea Danese, coordinadora del estudio y miembro del Instituto de Psiquiatría del King’s College.

Estudios sobre ASI: Alteraciones genéticas

Un grupo de investigadores observó cambios claros en los cerebros de IMG_3761personas que habían sido abusadas cuando eran pequeñas y que se habían suicidado, ayudando a respaldar las teorías que señalan que el abuso infantil –entendido como la violencia física severa, el rechazo o abandono grave y el abuso sexual- puede alterar los genes y causar daños durante toda la existencia.

El doctor Michael Meaney, de la Universidad McGill, en Montreal (Canadá) y sus colegas, examinaron los cerebros de 36 personas que murieron repentinamente: 12 suicidas que tenían una historia conocida de abuso, 12 víctimas de suicidio sin antecedentes aparentes de abuso y 12 personas que fallecieron  en accidentes.

El equipo observó cambios en los genes relacionados con el denominado eje hipotálamo-pituitaria-adrenal (HPA), el cual cuando se altera puede perturbar la gestión del estrés en la edad adulta y provocar el desarrollo de psicopatologías.

“En los humanos, el abuso infantil altera las respuestas al estrés del HPA y aumenta el riesgo de suicidio”, escribió el equipo de Meaney en su informe, publicado en la revista Nature Neuroscience, en 2009.

Las víctimas de suicidio con antecedentes de abuso tenían menos actividad en un gen llamado receptor glucocorticoide específico de las neuronas o promotor NR3C1, comparado con quienes habían sufrido muertes accidentales y no habían sido abusados.

Estudios sobre ASI: Alexitimia

Experimentar abusos sexuales en la infancia puede determinar la capacidad para reconocer y expresar las propias emociones en la vida adulta, según  demuestra un estudio publicado en 2008 en ‘Psychotherapy and Psychosomatics’.

iuiuEsta dificultad para tomar conciencia de las propias expresiones fisiológicas o para entender su significado emocional se conoce como alexitimia. Este desorden se caracteriza por la dificultad para distinguir entre los sentimientos y las sensaciones corporales propias de lo emocional, y para identificar y describir los sentimientos, por la limitación de los procesos imaginativos (ausencia de fantasías y ensueños) y por un estilo cognitivo orientado hacia lo externo y concreto.

En el estudio de los investigadores Bob Bermond (Universidad de Amsterdam), Peter Moormann (Universidad de Leiden), Francine Albach (Centro Pionero de Psicoterapeutica de Amsterdam) y Annemieke van Dijke (Hospital Psiquiátrcio Delta de Poortugal), todos en los Países Bajos, participaron 76 mujeres que habían sufrido abusos sexuales infantiles (ASI), cuya capacidad para expresar sus emociones se evaluó mediante un cuestionario llamado ‘BVAQ’.

Al comparar las respuestas de las mujeres abusadas con las de un grupo control, se observó que las víctimas de ASI presentaban una buena capacidad de imaginación pero serias dificultades para verbalizar, identificar y analizar sus emociones, lo cual –según los holandeses- apoya la idea de que los ASI son determinantes para el posterior desarrollo de una alexitimia.

Detente

El pasado viernes se presentó un gran Captura de pantalla 2015-02-11 a la(s) 10.38.02testimonio en la librería Mujeres y compañía de Ópera, en Madrid. La autora conocida con el seudónimo de Leiza González Gonza ha dado a conocer su experiencia personal y totalmente verídica con la editorial Edítalo Contigo. El libro se titula ‘¡Detente!’ y cuenta paso a paso una historia de sufrimiento, pero especialmente de superación y de esperanza. Está escrito desde el anonimato para proteger a sus allegados, no por vergüenza.

“La idea de escribir mi experiencia surgió hace dos años, cuando vi cómo se abordaban los malos tratos en los medios de comunicación, sin saber realmente de lo que se estaba hablando”, así explica Leiza el nacimiento de este proyecto. Asegura que se siente más liberada al haber contado al mundo lo que ha vivido, aunque el objetivo crucial del libro es concienciar a la sociedad, enseñar qué es en verdad “lo que hay detrás de una paliza”, y sobre todo, demostrar que es posible salir adelante y ser feliz.

Aunque está exento de regodeos, morbo y dramatismo, el texto muestra malos tratos, abusos sexuales, momentos de angustia y de soledad, pero todos narrados desde la perspectiva de una niña, revelando sus pensamientos, sus emociones y el modo en que ella vivió y superó aquellas situaciones. “Cuándo mi tío abusaba de mí” – recuerda Leiza – “lo de menos, era el daño físico”. Cuenta cómo aprendió a abstraerse, a salirse de sí para que no la dañaran más, y cómo logró poner punto y final a ese “infierno”.

Captura de pantalla 2015-02-11 a la(s) 10.38.34La segunda lucha presente en esta historia es la que llegó cuando “la casa de los horrores” ya formaba parte del pasado, aquella que debió librar consigo misma. “Llegado un punto, me di cuenta de que no puedo basar mi futuro en el pasado, no puedo vivir basada en el odio”, concluye la autora. Recalca además que en toda situación siempre hay algo positivo, por increíble que parezca: “Todas las situaciones, aunque sean increíbles, tienen algo bueno. Yo de esto, aprendí lo que nunca se debe hacer”.

En esta narración encontraremos momentos de auténtica soledad, de unión, de impotencia, y de una perseverante lucha, que a la larga, sin duda, ha merecido la pena. Uno de los capítulos comienza con la siguiente frase: “Me di cuenta de que la percepción que yo tenía de la vida no era ni había sido la correcta, era solo la que me habían enseñado”.

Ante la pregunta de “¿cómo has conseguido salir adelante?” responde: “a base de superación y de decir: ¡no vais a poder conmigo!”. Leiza aprovecha para enviar un mensaje muy concreto a las personas que están padeciendo abusos y maltrato: “no están solos, no son los únicos, y se les puede ayudar”. Ella resume así sus perspectivas de futuro en la lacra del maltrato: “Hay mucha gente dispuesta a ayudar a los demás, y eso tiene que dar su fruto”. Y así, recalca la importancia de prestar atención a aquellas posibles víctimas que nos rodean, a tratar de comprender a aquellos que piden ayuda en silencio y aprender a “ver, no solo mirar; y escuchar, no solo oír”.

Por último, con este libro, Leiza intenta demostrar que hay un momento de superación, que en algún momento habrá salida. Y que a pesar de todo, hay que quererse y querer a la vida. “Teniendo la vida, lo tienes todo, tienes días buenos y días malos”, insiste la autora. Pero, tal como reza en su libro: “Si no tienes la vida, no podrás disfrutar de nada” y “lo que no te mata, te hace más fuerte”.

Qué hacer si creemos que nuestro hijo/a está siendo abusado o si nos lo cuenta

El abuso sexual es una intromisión en el espacio vital y saludable del niño, que le impide crecer con confianza, despertar su cuerpo con naturalidad, abrirse a su propia sensualidad, a sus sentidos y a su disfrute. Estimula al niño cuando aún no está preparado física ni psicológicamente para gestionar la sexualidad y lo puede predisponer a seguir buscándola en otras personas, con el riesgo de ser gravemente dañado. El niño no conoce ni entiende lo que le están haciendo. En muchos casos, si no recibe el tratamiento adecuado, pueden quedar en él secuelas duras y difíciles de superar que van desde fracaso escolar, indefensión o baja autoestima, hasta depresión, alcoholismo, drogadicción, huida del hogar, autolesiones, enfermedades psicológicas e incluso tentativa de suicidio.

La forma de sanar el abuso depende de diversos factores: la personalidad del pequeño, el grado de agresión de que ha sido objeto el niño, su edad, de que lo pueda verbalizar, del apoyo que encuentre en su familia, de la cantidad de veces que ocurre, de la proximidad del abusador… En mi experiencia como psicóloga, he visto cientos de casos y ninguno es igual a otro pero el denominador común es que, si se detecta en el momento en que está ocurriendo y se actúa de la forma adecuada, las secuelas pueden ser mínimas y sanarse con facilidad. Para ello hay que estar atento a las pequeñas informaciones o señales que nos da el niñ@ en el día a día y que son indicios de un posible abuso.

El niño puede verbalizar el abuso pero en la mayoría de los casos no lo cuenta con palabras sino con comportamientos: un niñ@ abusado puede mostrar antipatía -o incluso miedo y terror- hacia una persona determinada, puede mostrarnos heridas en sus genitales o molestias, estar más irascible, agresivo o deprimido, puede bajar las notas del colegio o mostrarse ausente. También puede tener juegos sexuales no normales para su edad o mostrar demasiada compulsividad y puede sufrir mucha ansiedad o angustia hacia ciertas actividades o formas que le recuerden el trauma. Los adultos podemos estar receptivos y observar estos síntomas con los que nos van contando lo que les sucede.

Cómo actuar

Cuando un niño verbaliza una situación de abuso es muy importante primero respirar profundamente para mantener la calma ante él o ella, decirle que le creemos y agradecerle que haya confiado en nosotros para contárnoslo. No debemos responsabilizarle ni culparle por ello y podemos decirle que gracias a él/ella vamos a intentar que no se lo haga a otros niños. No debemos asegurarle que le vamos a proteger y que nunca más le volverá a suceder ya que, en muchas ocasiones, no está en nuestras manos. Pero sí podemos asegurarles, en un lenguaje que entiendan, que vamos a ayudarles en todo lo que podamos o que vamos a hablar con el abusador para que sepa que lo que hace no está bien.

Si sospechamos que pueda estar siendo abusado debemos indagar con calma, enumerar lo que vemos e invitarle a contarnos cualquier cosa que no les haga sentir bien. Por ejemplo: “últimamente te estoy viendo más nervioso”, “veo que tus notas han bajado”, “parece que tienes más vergüenza o te escondes”, “parece que no te apetece ya quedarte con esa persona”… ¿te pasa algo, quieres que hablemos de ello?” También podemos preguntarle: “¿te ha pasado algo?, o ¿hay algún problema que tengas con esta persona?. Si es así, me gustaría que me lo contaras…”

Probablemente el niño responda con frases como “es que me hace cosas que no me gustan”, o “es que me obliga a…”. En ese caso, conviene que los padres no “adivinen” lo que sucede sino que hagan preguntas abiertas que no incluyan ninguna respuesta y le dejen tiempo para expresarse. Por ejemplo: “¿quieres contarme qué cosas te hace que no te gustan o a qué te obliga?”. Si el pequeño sigue callando podemos animarle a hablar poniéndole ejemplos que no tengan que ver con el abuso sexual, como: “¿te obliga a comer algo que no te gusta, a andar mucho o a romper cosas?”.

Los padres deben ser muy pacientes e invitar al niño a hablar, a que cuente con sus palabras lo que está ocurriendo. Es posible que diga cosas como “es un secreto que no te puedo contar”, “si te lo cuento te vas a enfadar mucho conmigo”, “él se va a enfadar mucho conmigo” o “es que no te quiero preocupar…”.

Lo cierto es que algunas veces los niños tratan de protegernos para que no suframos, por lo cual no nos quieren contar lo que ocurre. En ese caso hay tranquilizarle y asegurarle que nosotros vamos a quererle y apoyarle en cualquier circunstancia. Podemos enseñarle la diferencia entre los “buenos y malos secretos”, y que si ese secreto le está haciendo sentir mal tiene que contárnoslo, porque nosotros, que somos mayores, trataremos de encontrar la mejor solución o de buscar a alguien que nos ayude.

La forma en que el niño es escuchado y acogido es importante porque le hará ver que estamos ahí acompañándole sin presionarle ni juzgarle. Una vez hemos hablado con él o ella, podemos volver a decirle cosas como “gracias cariño”, “me alegro mucho que me lo hayas contado”, “estoy muy orgullosa de ti”, “ahora buscaremos una solución para que esto no siga ocurriendo…”. Hay que mostrarle lo orgullosos que estamos de él o ella por habérnoslo contado y recalcar el coraje y la fuerza que han tenido al contarnos lo que ocurre.

Por último, es importante no victimizar al pequeño ni transmitirle que es un hecho dramático, sino algo duro que puede superar. Es el momento de buscar ayuda profesional especializada que explore cómo se encuentra el niño o niña y que le ayude a superarlo de la mejor manera. También podemos solicitar ayuda en una oficina de Protección de Menores. Si no podemos protegerle de futuros abusos, es especialmente importante buscar ayuda psicológica para ellos.

Margarita García Marqués, psicóloga clínica especialista en comunicación, autoestima, infancia y abuso sexual infantil.