Espacio Abierto: carta a aspaSI

Hace años que estoy lidiando con aspectos de mi personalidad que tienen que ver con la responsabilidad personal. Cuando descubrí que los problemas que he tenido a lo largo de mi vida se debían al abuso sexual, muchas piezas encajaron y encontré la respuesta a tantas preguntas y cuestionamientos que había tenido. Me sentí mal pero muy aliviada por poder ponerle un nombre a mi “enfermedad”.

Después, la primera cuestión inmediata fue: ¿y ahora qué hago con esto? Y no sabía por dónde empezar pero sí tenía claro una cosa: No quería ser una víctima. Para mí hay una diferencia fundamental entre ser víctima y ser superviviente, y yo me considero lo segundo. No quiero ser una víctima porque ya lo he sido y esa fórmula no me ha funcionado. Tampoco me gusta la idea de ser una superviviente pero me consuela pensar que puede ser una herramienta para ayudar a otros.

Y este es el punto clave de todo mi alegato: ayudar a otros. Ahí yace la responsabilidad personal. Si sigo explotando mi papel de víctima, dependiendo de otros, sin desarrollar los recursos que me ayudarían a progresar, entonces no dejo espacio para la parte responsable de mí, la parte solidaria, la que puede aprovechar la experiencia propia en beneficio de otros.

A partir de cierto momento en mi evolución personal, tengo que preguntarme si es correcto, en términos de responsabilidad, seguir en el lado de las víctimas sin atreverme a cruzar la línea que separa al asistido del que asiste. Si ya me encuentro con fuerzas para mirar a mi pasado de frente, aunque tenga miedo y dudas, si ya puedo gestionar mi cognición, tan dañada en otro tiempo, y llegar a pensar con lógica, si ya puedo hablar del abuso como algo que ocurrió (verbo en pasado), entonces es que estoy preparada para cruzar la línea.

Además, entre los casos de abuso soy una privilegiada. Mis abusos ocurrieron en el colegio, y a día de hoy puedo tener una relación cordial con mis familiares. Cuando leo los casos en los que contáis cómo todavía tenéis que sentaros en la mesa familiar con vuestros abusadores, se me ponen los pelos de punta. Por eso me considero una privilegiada. Entiendo que unos casos necesitan una perspectiva diferente a otros, pero insisto en los recursos que la víctima-superviviente debe desarrollar para hacerse fuerte. Sabéis que nadie lo hará por nosotros y requiere una fortaleza, un coraje y una voluntad sin parangón. Pero se puede.

Un abrazo fuerte.

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